Tailandia, el país de las sonrisas

La primera impresión que me llevé del país es que está masificado. No se si serán las agencias de viajes o el aumento de viajeros, pero el país está saturado de turistas. En cada una de las ciudades que visitamos, además de visitas las atrsacciones turísticas más famosas, intentamos alejarnos del bullicio.

Mercados y templos en un país roto por el turismo

Caminamos por mercados llenos de fruta recién cortada, un manjar de sabores que aquí ya casi ni recordamos. Vivimos una celebración religiosa, no entendíamos mucho que nos vimos envuelto en ella y nos dejamos llevar eso si, sin perder un detalle con nuestra cámara.

Nos colamos en un instituto en la hora del recreo y desde un banco, vimos transcurrir un día cualquiera de los jóvenes tailandeses. Uniformados y con un calor insoportable, no era motivo para no echar un partido y salir sudando como si en una sauna estuvieras.

Eso de andar por lugares casi a rumbo perdido es algo que me encanta en los viajes. En esta ocasión no íbamos a hacer menos y fuimos viendo como todos los comerciantes de un mismo sector se agrupaban en una misma calle. La calle de los electricistas, la calle de los carpinteros, o la calle de los chatarreros, donde unos jóvenes golpeaban sin piedad todo tipo de piezas en busca de hilos de cobre.

Quizás los mercados, aunque haya mucho turista, son los lugares donde mejor puedes ver las costumbres de una población. En este viaje visitamos muchos de ellos, algunos que han dejado de vender productos para la población autóctona y se dedican exclusivamente a los turistas.

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Otros de ellos tan extravagantes como el del tren, donde la colocación de la fruta está milimétricamente colocada de tal forma que el tren pasa por encima de ella, todo un espectáculo ver pasar el tren y vivir la transformación del mercado.

Playas de revista, aguas cristalinas y arena blanca

Y por último, no podíamos salir de Tailandia sin pisar sus playas. Aunque los barcos y los turistas abarrotaban la mayoría de ellas, encontramos algunos resquicios y pudimos disfrutar de alguna que otra playa virgen y solitaria, de arena blanca y agua tibia.

Buceamos en busca de tiburones vegetarianos y disfrutamos de la caída del sol desde un lugar idílico, la noche nos atrapaba en medio del mar para tirarnos al agua en un último chapuzón para ver de cerca el placton y la fosforescencia como medio de defensa.

La isla Phi Phi, sinónima de fiesta, se perfumaba por las noches para dar cabida a la diversión de todos los visitantes. La fiesta del fuego de la playa era uno de los atractivos de la «pequeña Ibiza».

  

 

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